La vega larga del Alberche: cinco siglos de puente, mil años de ganado y un pueblo que sigue contando romances cada Jueves Santo.
El nombre lo dice todo: nava luenga, la vega larga. Una franja de tierra fértil junto al Alberche, protegida por la sierra, que lleva habitada desde antes de los romanos y que creció con el paso del ganado hacia los pastos de Gredos.
Pasear hoy por Navaluenga es leer esa historia en piedra: casas de granito con jardines de hortensias, cruces de término, un potro de herrar y, sobre todo, un puente que lleva casi cinco siglos cruzando el río.
El valle del Alberche estaba poblado por los vetones, el pueblo que talló los Toros de Guisando a pocos kilómetros, en El Tiemblo. Su economía ya era ganadera: la misma que marcaría Navaluenga durante siglos.
Tras visigodos y árabes, comunidades mozárabes se asientan en el valle. De ellas quedan las necrópolis con tumbas excavadas en la roca en parajes como Fuente Ávila o Valdebruna, unas de las huellas más antiguas y menos conocidas del pueblo.
Con la repoblación cristiana, Navaluenga queda integrada en el Concejo de Burgohondo, la comunidad de villa y tierra que organizaba los pueblos del valle. La iglesia de Nuestra Señora de los Villares conserva de esta época una pila bautismal románica del siglo XIII.
El gran siglo del pueblo. Se levanta el Puente Románico (en realidad renacentista, aunque imite formas románicas) con aportaciones de los pueblos del Concejo y fondos propios de Navaluenga. Su función era práctica: que los rebaños cruzaran el Alberche en su camino a la sierra. Los archivos del Concejo recogen que en febrero de 1542 un regidor del pueblo informaba ya de las obras. La iglesia parroquial adopta en estos siglos su aspecto actual, con su esbelta torre y un retablo de gran valor.
Se construye el edificio que hoy es el Ayuntamiento. Nació como cárcel del valle y su proyecto se atribuye a Juan de Villanueva, el arquitecto del Museo del Prado.
Navaluenga vive de la ganadería, la agricultura de vega (viñedo, higueras, olivar, frutales) y el pinar. En los años 40 los agricultores reconstruyen la ermita de San Isidro junto al puente, sobre los restos de la antigua ermita de la Purísima Concepción.
El río y la sierra, que durante siglos fueron sustento, son ahora el motivo por el que la gente viene: piscinas naturales, senderismo, casas rurales y un pueblo que ha sabido conservar su escala. Nuestra casa, reformada en 2014, forma parte de esa segunda vida de Navaluenga.
La Procesión de los Romances. Cada Jueves Santo, los vecinos recorren el pueblo entonando romances atribuidos a Lope de Vega. Es una tradición única de Navaluenga, transmitida de generación en generación, y de las cosas más emocionantes que se pueden ver en la Semana Santa abulense.
Las fiestas de la Virgen de los Villares. Del 7 al 11 de septiembre. Pregón, fuegos artificiales sobre el Puente Románico, ofrenda floral con la rondalla, misa mayor y procesión con subasta de banzos, verbenas y charanga. Si venís en esas fechas, reservad con tiempo.
La romería del Espino. El último sábado de mayo, hasta la ermita de la Virgen del Espino. Y en verano, el mercado medieval llena el centro de puestos de artesanía.
Si te interesa la historia, dedica una mañana a esta ruta a pie por el pueblo: el Puente Románico y la ermita de San Isidro, la iglesia de los Villares con la cruz del Cerrillo de San Marcos, el Ayuntamiento de 1781, las cruces de piedra y el potro de herrar del casco urbano. Y si tienes coche, los Toros de Guisando en El Tiemblo (25 min) cierran el círculo con los vetones donde empezó todo.
En nuestra guía de qué hacer en Navaluenga tienes el resto de planes, y en cómo llegar las indicaciones desde Madrid y Ávila.
La casa está a un paseo del casco histórico y del río. Consulta disponibilidad para vuestro grupo.